En todas las vidas hay un momento que parece definitivo.
Es el día en que una cree que ha empezado a recorrer un
camino monótono, sin altibajos, sin recodos, sin paisajes nuevos.
Una cree que,
desde ese momento en adelante, toda la vida ha de hacer ya siempre las mismas
cosas, ha de cumplir las mismas actividades cotidianas, y que el rumbo del
camino está en cierto modo, tomado definitivamente.
Eso, más o menos, me sucedió en aquel momento de mi vida.
Dije que me había resignado a ser víctima.
Más aún: me
había resignado a vivir una vida común, monótona, que me parecía estéril pero
que consideraba inevitable. Y no veía ninguna esperanza de salir de ella. Por
otra parte, aquella vida mía, agitada dentro de su monotonía, no me daba tiempo
para nada.
Pero en el fondo de mi alma, no podía resignarme que aquello fuese definitivo.
Por fin llegó “mi día maravilloso”.
Todos, o casi todos, tenemos en la vida un “día
maravilloso”.
Para mí fue el día en que mi vida coincidió con la vida
de Perón.
El encuentro me ha dejado en el corazón una estampa
indeleble; y no puedo dejar de pintarla porque ella señala el comienzo de mi
verdadera vida.
Fragmento de La Razón de mi Vida. Evita Perón. [Primera
Parte. Las Causas de mi Misión. VI]